293
-¡Oh mi vida y mi señor! ¿Cómo has quesido que pierda el nombre y mi corona de virgen por tan breve deleite? ¡Oh pecadora de ti, mi madre, si de tal cosa fueses sabidora, cómo tomarías de grado tu muerte y me la darías a mí por fuerza! ¡Cómo serías cruel vergudo de tu propia sangre! ¡Cómo sería yo fin quejosa de tus días! ¡Oh mi padre honrado, cómo he dañado tu fama y dado causa y lugar a quebrantar tu casa! ¡Oh traidora de mí, cómo no miré primero el gran yerro que seguía de tu entrada, el gran peligro que esperaba!
-¡Ante quisiera yo oírte esos milagros! Todas sabéis esa oración después que no puede dejar de ser hecho. ¡Y el bobo de Calisto, que se lo escucha!
-Ya quiere amanecer. ¿Qué es esto? No parece que ha una hora que esamos aquí, y da el reloj las tres.
-Señor, por Dios, pues ya todo queda por ti, pues ya soy tu dueña, pues ya no puedes negar mi amor, no me niegues tu vista, y más, las noches que ordenares, sea tu venida por este secreto lugar a la misma hora, porque siempre te espere apercibida del gozo con que quedo, esperando las venideras noches. Y por el presente te ve como Dios, que no serás visto, que hace muy escuro, ni yo en casa sentida, que aún no amanece.
Tagged as: la celestina. Fernando de Rojas. literatura.
